¿Llamarlo? Sí, era lo más conveniente. «Esta carta a su destino». Y diez minutos después ya estaba D. Felipe, el confesor y consejero áulico de la condesa, a presencia suya.
Don Felipe pertenecía a ese género especial de curas híbridos que no han previsto ninguna legislación canónica. Todo lo menos cura posible y todo lo menos seglar posible: un cura empezado a formar, pero resultando admirable en su estado de boceto: bonito, pulcro, de ojos chiquitos y brillantes, negrísimos hasta hacer aparecer blancas todas las cosas que los rodeaban; boca pequeña y nerviosa, nariz fina, testa de Luis Gonzaga perfeccionada por la pomada tártara. Vestía con suma elegancia hábitos entallados de seda, y una de las prendas predilectas de su coquetería sacerdotal eran los zapatos de charol con hebillas de plata que completaban su indumentaria de cura petrimetre. Chapeo derniere de alas anchas y redondas al igual de las de los trabajadores del campo, y siempre, en toda estación, guante negro de castor o de piel de Suecia, según la sensibilidad termométrica de su cuerpo. Decían del color siempre sonrosado de sus mejillas los maliciosos, que el tocador andaba por mucho en ello, pero yo creo sencillamente que aquel agradable color de manzana bien conservada, o de cara de niño llorón, procedía de las riquezas gástricas del estómago de D. Felipe, para quien la vida no era en realidad sino un festín permanente, para el que se había hecho de billete de libre circulación: y eso es todo; que digería con facilidad y que comía con buen apetito.
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